En primer lugar porque Internet ha posibilitado una verdadera revolución en el acceso a la cultura y a las ideas. Se acabaron las clases privilegiadas. Cualquiera puede formarse, acceder a la música, a la literatura, a los productos audiovisuales, a la cultura en general, con independencia de su origen socio-económico.
Internet permite que “nos ordenemos” a gusto, que elijamos con un elevado grado de libertad. Utilizando terminología de mercado: si un producto es bueno, lo consumiremos. Si no lo es, no. Tan simple como esto. Con la ventaja de que, además, nuestras opciones y gustos no se verán condicionados socialmente, ya que nadie va a saber qué vemos o qué leemos. Consumiremos en el anonimato y al margen de los papeles de colores en los que las empresas distribuidoras envuelven los productos culturales para incitar a la compra.
Internet nos vuelve sinceros, honestos como niños. Como niños que no saben ser políticamente correctos. Que te hacen quedar mal con el poderoso porque no entienden de jerarquías ni de dejarse engatusar por lo que otro dice que es bonito o que se lleva.
Otra razón para estar a favor del libre acceso es que los verdaderos artistas quieren que su voz se oiga. , por supuesto quieren pagar facturas y vivir bien; pero, sobre todo, persiguen que su mensaje llegue. Y, evidentemente, un mensaje al alcance de todos tiene más posibilidades de ser oído. En Internet, si no conectas con el público, desapareces. No importa quién seas o hayas sido, ni qué empresa te apoye. La gente decide sin prejuicios y con extrema crueldad. Pero si estás en la misma onda, si interesas a un grupo, por pequeño que sea, aparecerá la recompensa.
Hemos aceptado que hay que pagar con nuestros impuestos por la sanidad y la educación, ¿por qué no por la cultura, que nos permite crecer como seres humanos, forjarnos opiniones propias, en definitiva, que nos hace más libres? Internet, y la difusión libre de la cultura, hará sociedades mejor informadas, más sensibles y menos manipulables. Con gente capaz de pensar por misma, gente variopinta que no pertenezca a los grandes grupos de presión. Internet permite que los contenidos puedan producirse y difundirse, aunque no interesen a priori a una masa social grande y proclive al ejercicio maniqueo. Gracias a Internet, podemos dirigirnos a grupos más pequeños y sólidos. En definitiva, seremos más difíciles de manipular, más ricos como sociedad y, por tanto, más tolerantes.
Hace poco, un distribuidor importante de libros y revistas me dijo: “Pero si se piratean los libros, ¿qué pasará con los intermediarios?” Como autora me dio un ataque de rabia: “Así que vosotros, intermediarios chupasangre, reconocéis que vivís a costa de lo que los autores crean y, claro, se os acaba el negocio”. Luego pensé en ser civilizada, como corresponde al ser racional que se supone soy, y entendí su preocupación. Le respondí que debería preguntar a los que sufrieron la revolución industrial. También ellos quemaron máquinas y organizaron revueltas. Sin embargo, no se puede luchar contra el progreso. Es un esfuerzo inútil y además, ¿por qué deberíamos, si nos hace uno de los regalos más preciados? El tiempo. La revolución industrial nos liberó de muchos trabajos pesados que consumían el tiempo de la mayoría. La revolución de Internet significa un paso más en la posibilidad de enriquecernos y crecer como seres humanos. A la libertad física del siglo XIX, añadimos la espiritual del XXI.
Y ahora llegamos al espinoso tema de la retribución del artista o generador de ideas. Los apocalípticos que pronostican nuestra desaparición cuentan con poca credibilidad. Por una parte, el hombre tiene necesidad de expresarse; por otra, es un ser hambriento de “contenido”. La unión de ambas necesidades mantendrá la maquinaria creativa funcionando hasta el infinito.
Bien, entonces, el problema es el de la retribución contante y sonante. La crisis actual nos ha demostrado que hemos vivido con valores equivocados. No tengo muchas esperanzas de que esos valores vayan a cambiar radicalmente pero, al menos, esta crisis ha servido para replantearnos ciertas verdades. El “tener derecho a tener” ya es cuestionable. ¿Que quieres algo? Pues cúrratelo. Desgraciadamente, yo tampoco creo que se le acabó la vida al especulador, al “espabilado” que de cinco hace cien. Pero a una amiga, que no terminó la EGB, no ha durado más de unos meses en ningún trabajo y se dedica a meterse con los inmigrantes que, según ella, “le quitan las subvenciones”, ya no se le ocurrirá manifestar sin pudor que ella “tiene derecho” a una casa como la que tienen ahora mis padres, que estudiaron y trabajaron con responsabilidad para ahora recoger fruto.
Pero concretando el tema de la retribución. El autor no debería escuchar los cantos aterradores de “los intermediarios”. Cierto que cambiarán los modelos, y, por un tiempo, será complicado. Pero encontraremos formas de retribución indirecta (conciertos, colaboraciones, apariciones públicas…) , o desarrollaremos métodos para poder continuar produciendo. Un ejemplo: no creo que tarde mucho el día en el que podamos controlar el número de descargas. Quizás Hacienda, en función del número de accesos, y de las ganancias reguladas durante el año de un autor, pueda ajustar sus impuestos. Estoy convencida de que encontraremos la fórmula.
Este argumentario, no es una apología idealista de una escritora, que piratea y permitiría que la piratearan. ¡No! Es, simple y llanamente, lo que se nos viene encima. Afortunadamente, y pese a quien le pese. Por cierto, piratear, aunque personalmente es un término que me encanta por su relación con la libertad y la navegación, tiene una principal connotación peyorativa que, utilizada en este caso, no es correcta. El robo como tal no existe en el usuario de a pie. Visionar, o leer, no implica quitarle a nadie nada. Más bien lo contrario, porque una vez que has visto, leído o contemplado una obra, esa obra se engrandece, pasando a existir en el interior de más y más personas.